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María Jesús, 49 años

19 de febrero de 2017
34449 Villalcázar de Sirga, Palencia, España
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Jamás olvidaré ese día

Maria Jesús, Chus, es asesinada. A sus 49, ella es una mujer empoderada y recientemente acababa de ser abuela. No hablaba de otra cosa ni se sentía más feliz que por su nieta que con menos de un mes tuvo que dejar.

Ella hacia su vida, por fin, y las cosas se empezaban a encauzar pero su destino era otro. Sufrió un accidente de coche, un choque frontolateral que siega su vida prácticamente al instante y que desmorona todo por lo que estaba luchando. No era la hora de mi madre, no.

Chus es un ser de luz, algo de otro planeta. Una sonrisa siempre lucía en su rostro y sus alas empezaban a volar alto, con lo que eso cuesta. Luchadora incansable, poderosa sin saberlo, ejemplo y generosidad, siempre estaba ahí para todos. Fue mujer, hija, amiga, esposa, madre y abuela, todo en 1,63 de altura y mil cortes de pelo.

Llevaba un tiempo con el pelo de colores, de mil colores. Siempre fue una atrevida en esa cuestión y peinarla el día 20 fue una de las cosas más difíciles que he hecho nunca en mi vida, pero no podía dejar que otras personas lo hicieran. Cuando lo hice, de repente, era ella de nuevo.

Mi madre fue muchas cosas, todos la recuerdan alegre, amable, siempre con la ayuda en la mano y en el oído, pero yo la veo cantar en el coche, limpiar en pijama y dormir la siesta en el sofá.

Ahora, después de cuatro años, le cuento todo eso a mi hija y ella, sin tener conciencia de su presencia, juega con ella y te cuenta cómo pasó el accidente.
Volvía feliz a casa, después de haber cenado con su novio, conduciendo su Clio, su huevito azul. A tan solo unos pocos kilómetros de llegar, en una curva muy abierta, un coche invade su carril, la embiste y la desplaza, dejando su coche en la cuneta y en sentido contrario a su marcha. Todo lo peor se lo llevó ella, su novio la vio morir. Sus últimas palabras fueron, “¡Que viene!”
En este accidente, que me cuesta llamar accidente, no hay nada accidental porque cuando te pones al volante con tanto alcohol y drogas en tu organismo y pisas el acelerador, no dejas nada para la casualidad. Y mi madre, de cinco implicados, fue la que peor parada salió.
Ahora, aquí nos quedamos los demás, rotos en vida por esa mujer con el pelo de mil colores, con su sonrisa y su generosidad, con sus ojos llenos de vida y una vida que vivir. Han roto a cada una de las personas que tuvieron la maravillosa suerte de conocerla, y somos muchos porque, como ya he dicho antes, mi madre fue muchas personas en una y un pedazo de nosotros se ha ido con ella. Nos han dejado un hueco imposible de llenar porque no hay, ni habrá, una mujer como ella.
Te quiero mamá.

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