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Juan, 2 años

22 de noviembre de 2014
C. Cordoba, 8, 14510 Moriles, Córdoba
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El niño Juan Bravo tenía muchas ganas de venir al mundo cuando nació con solo 30 semanas de gestación y el peso de solo 1,200 kg. Pasó 44 días en neonatos del Reina Sofía hasta conseguir alcanzar 2,400 kg, ser dado de alta y empezar una vida junto con sus padres y su hermano.

Tuvo sin embargo una complicación por la leche maternal que se le puso en neonatos, que le provocó el cierre de su fontanela y a raíz de ello no podía desarrollarse normalmente; con lo cual, a los 11 meses fue intervenido de una craneoencefálica. Fue el primer niño que se operó en el Reina Sofía de su dolencia y fue tratado conjuntamente con el hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Después de una larga intervención y recuperación le dieron de alta justo para que soplara la vela de su primer cumpleaños junto a su familia.

Tras este hito, y con la ayuda de su pediatra de Moriles, fue evolucionando como nadie esperaba: a pasos agigantados. Acudía también al centro de rehabilitación de Aguilar de la frontera donde se sentía muy contento e ilusionado. Las terapias le daban vida, poco a poco parecía que terminaría poniéndose a la altura de los niños de su edad. Enfrentarnos a todo esto nos demostró que no existe nada imposible y el gran luchador que era el pequeño Juan. Por todos sus problemas, además el niño era muy querido y conocido de la gente, por tener que llevar siempre su cabecita cubierta.

Juan fue un gran modelo, paseando con sus gorrillas que eran lo primero que se ponía antes de salir de casa. También le gustaba mucho jugar a la pelota y subir a caballito de las espaldas de su hermano en las tardes que dedicaban a jugar juntos. Siempre se les veía sacando sus buenas e inolvidables sonrisas.

La mayor de las alegrías fue cuando 3 días antes del triste suceso en una de sus revisiones en Reina Sofía su pediatras le da el alta definitiva que ya la próxima revisión sería para que el niño hiciera si comunión por casualidad fuera sido este año.

Así, llegó la hora de incorporarse a su guardería cuando sus pediatras lo vieron oportuno. Fue complicado conseguir la plaza, que como sus cositas como sus libros y su uniforme, se quedaron sin estrenar.

De todos esos momentos no tenemos ni fotos ni vídeos, solo el recuerdo de la felicidad que derrochaba en su carita. La familia y los vecinos del pueblo lo recuerdan como un niño extrañaba, pero siempre en los brazos de su padres.

No es fácil encajar una noticia como la que recibí el 22 de noviembre del 2014. Se hace el silencio, te sientes pequeño en la inmensidad, piensas y te das cuenta de que hoy estás y mañana ya no, de que la vida y la muerte están separadas por un estrecho hilito que se rompe en un segundo, de que pasamos por la vida como aquel que pasea un rato por el parque y cuando se quiere dar cuenta se le han pasado las horas volando, de que la vida es corta como una tarde de invierno.

Para mí, no es fácil describir con palabras qué se siente cuando se pierde a una de esas personas imprescindibles, que han escrito un buen número de páginas del libro de mi vida. ¿Qué más decir? Desde aquel día no he dejado de pensar en todo lo que hicimos en aquel tiempo cuando estaba. No puedo evitar pensar, eso sí, en si podríamos haber estado más cerca de él.

Se fue sin decir adiós. Se fue sin despedirse, aunque dejó en nosotros los recuerdos de vivencias que nada ni nadie podrán borrar ya. Me quedo con las ganas, mi querido Juan, de darte un abrazo, aunque fuese el último. Pero me quedo también con la imagen de aquel pequeño que siempre sonreía.

Cuídanos desde donde estés. ¿Sabes? Por primera vez no encuentro palabras para despedirme de ti solo te puedo decir: gracias por los momentos que compartimos, y mil gracias más por haber sido parte de mi vida. Nunca olvidaré la sonrisa que dibujaba en tu rostro ni tu forma tan alegre de vivir. Tu vida fue corta pero tu recuerdo permanecerá siempre.

Deja tu recuerdo