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Iván, 15 años

09 de diciembre de 2016
Plaza Canovas del Castillo, Madrid, España
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Permítanme presentar a MI HIJO IVÁN. Iván fue un niño muy deseado, una batalla más ganada al cáncer, enfermedad que superé seis años antes de que naciera. Iván me hizo MAMÁ.

Iván fue un niño feliz, su luz y su sonrisa eterna e infinita, plasman la riqueza de su alma. Iván fue educado en VALORES como el RESPETO. Además era innato a él su condición NOBLE, ALTRUISTA, AUTÉNTICA, COMPROMETIDA con el mundo y la sociedad, y a la vez era un niño muy SOCIABLE Y SIMPÁTICO, con un sentido de la AMISTAD exacerbado.

Practicaba deporte (basket) y tenía múltiples proyectos de vida, tanto en España como en Francia, que era su otro país. Viajante incansable, no sólo como turista, sino como estudiante de intercambios. Pocos meses antes de que acabasen con su vida, había disfrutado de su primer Erasmus con tan sólo 15 años. Quería escribir un libro, quería ser buceador como papá, quería organizar unas jornadas solidarias y de voluntariado en su colegio, quería ser monitor de su grupo de campamentos, y ante todo quería ser BUENA PERSONA.
Dejó impronta donde quiera que estuvo, sus amigos le llamaban el pegamento, porque era quien unía al grupo.

Yo, Mª José , nací en Barcelona y me vine a vivir a Madrid hace bastantes años, pero la mayoría de mi familia, los yayos, los tíos de Iván y los primos están en Barcelona. A Barcelona íbamos de visita porque yo lo tenía TODO en Madrid, tenía a mi hijo que era todo para mí. Mi trabajo como médico y mi hijo. ¡Yo VIVIA, ERA FELIZ!

9 de Diciembre de 2016, día previo a mi cumpleaños, me encontraba en Barcelona a pie de cama de mi padre, EL YAYO…..recién operado, esa tarde había hablado con mi hijo y nos despedimos hasta el día siguiente, día en el que yo debía regresar por la tarde a Madrid para celebrar con él mi cumpleaños. 22.00h, Iván me manda una foto con el ‘hombre de negro’ a quien había visto en Gran Vía mientras paseaba con su padre disfrutando del ambiente navideño, 23:40 h recibo una llamada desde el teléfono de su padre y mi corazón se parte en pedazos antes de descolgar el teléfono.

A una madre no la engaña nadie. Me informan de que un coche a gran velocidad ha irrumpido en la Plaza de Neptuno atropellando a mi querido hijo, los servicios de urgencias me dicen que mi hijo está en coma, en shock hipovolémico muy grave, pregunto si está muerto y no responden. Yo corro a una ventana con afán de saltarla, no soporto la idea de quedarme sin mi hijo, de que hayan matado a mi hijo. Los sanitarios del hospital donde está ingresado mi padre me contienen y me sedan hasta que puedo regresar a Madrid en el primer AVE. Regreso tras haberme administrado sedación, estoy rota de dolor.

Tras 9 días esperando el milagro y poniendo a disposición todos los medios que había en el H. Gregorio Marañón, se nos pide que tomemos la decisión más dura de mi vida: desconectar a mi hijo de la respiración mecánica asistida por su estado de irreversibilidad. Iván quedó clínicamente muerto tras ser embestido brutalmente por ese desalmado.

Siguiendo los deseos de Iván, su padre y yo decidimos que su LUZ no dejara de lucir y donamos sus órganos. Desde entonces, quedo muerta en vida, yo vivía POR y PARA mi hijo y de pronto siento que mi vida ya no tiene sentido, todos los que querían a Iván quedan desolados, todos sus proyectos, sus buenas obras. La muerte de mi hijo ha sido injusta, irruptiva, cruel y nada digna y se podía haber prevenido.

Desde que mi hijo no está, me cuesta vivir, me cuesta respirar y necesito todas las ayudas del mundo para sobrevivir, asisto a psicoterapia individual, a Alaia un grupo de duelo, tengo la suerte de pertenecer a la Asociación de STOP ACCIDENTES que me asesoran y me acompañan en mi duelo, comparto con otras víctimas el dolor.

Necesito sentir que he fagocitado a mi hijo y por ello hago cosas que creo que a él le gustaría que hiciera por él, como participar de las jornadas solidarias que se celebran en su nombre, visito el cementerio y le pido a mi hijo la fuerza para poder llegar a la sociedad y sensibilizar a políticos, legisladores, jueces y, cómo no, a los homicidas y a todos aquellos que infringen las normas de seguridad vial, para que se prevengan los siniestros viales que dejan vidas como la mía, completamente desolada y llena de dolor, tristeza y desesperación.

Me gustaría que la muerte de mi hijo valga para algo más que destrozarme la vida y por ello quiero dar testimonio de las consecuencias de estos actos delictivos.

Deja tu recuerdo